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Ultimo día en Estonia.

El sol asoma con fuerza en nuestro dormitorio improvisado. Es hora de despedidas. No ha habido baño de lágrimas. Agradecidos por su compañía y cobijo montamos de nuevo en la furgoneta que nos llevará a nuestro nuevo rumbo, Tallin, capital de Estonia.

El viaje transcurre sin grandes altibajos. No es tiempo de Dj´s. La noche de “jujeo” pasa factura entre los nuestros y solo suena la música de Izal. Cabezazos contra el cristal, posiciones imposibles y asfalto. Solo eso durante algunas horas.

Llegamos a Tallin. La primera impresión es impresionante. El sol brilla, calles medievales, ambiente joven, todo apunta a que será un fin de viaje ideal. Primera parada… el hostel. Un lugar un tanto tenebroso. Un piano y ropa tendida en el salón, una puerta que hace función de mesa, grafitis, cabezas dentro de botes de melocotones y escaleras que nos trasladan a un escenario de ciencia ficción digno de La Guerra de las Galaxias.

14:45. ¿Y si hacemos un free walking tour? ¡Pero estamos sin comer! No importa, la oportunidad de conocer Tallin de manos de la joven Anna no se puede dejar escapar. Con un inglés muy fácil de entender al que ya nos hemos habituado después de una semana, escuchamos sus historietas. Nos recomienda un sitio para comer. Comida tradicional estona. Platos sencillos… de pronunciar. Heeringakreem musta leivaga, seapraad praekartuli, hapukapsa, sinepikastme ja verivorstiga, praetud löhefilee kartulite, hernetambi ja ürdimajoneesiga. No es que se me haya estropeado el teclado… son los nombres de los platos. Son las 18:30. Ya no sabemos si hemos comido o cenado. Mientras unos decidimos seguir conociendo los rincones de Tallin otros van a echar una cabezadita al hostel… cabezadita que se convierte en un largo y profundo sueño.

Pasamos por el hostel a despertar a nuestros “bellos durmientes”. ¿Y si salimos de fiesta? Es domingo, pero nos vemos animados para intentar exprimir las últimas horas. Nos encontramos con cuatro gatos y el del tambor mirando a la luna, pero acabamos en un karaoke. No nos arrancamos a cantar y tras disfrutar del show nos vamos al hostel.

Apenas habiendo dormido unas horas nos despertamos sobresaltados. ¡Casi nos dormimos! El taxi nos espera. Llegamos al aeropuerto. Pasados los controles. Cualquier lugar en bueno para cerrar los ojos. Unos sueñan cosas raras, otros babean, pero Jenni ha visto un piano y no se resiste. Después una lluvia de aplausos se despiertan los zoombies viajeros.

Avión. Munich. Bilbao. Balmaseda.

No hay nada más que decir. Sucumbo al encanto de Morfeo.

Nos vemos otro año, en otro lugar.



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